En la guerra, la comunicación con la familia es una necesidad imperiosa; saber que los que uno quiere están bien, y que ellos sepan que uno también está bien. Por suerte, a mí nunca me faltaron posibilidades de comunicación.
En Puerto Argentino había una instalación de comunicaciones de IT&T, que a partir de la recuperación de las islas pasó a ser operada por técnicos civiles argentinos; en seguida se corrió la voz y recuerdo que en la puerta de la instalación se formaban colas de gente esperando turno para hablar por “phone-patch”, o sea enlace de radio con teléfono.
La primera vez que fui, el operador (creo que se llamaba Fraire), al conocer mi apellido, me preguntó si era pariente de Julio Istúriz. Le dije que era mi tío, hermano de mi padre, y me comentó que lo conocía de los Cursillos de Cristiandad. A partir de ahí, tuve algunas ventajas. Si bien esperaba en fila como todos los demás, cuando me llegaba el turno era normal que el teléfono en lo de García-Mansilla diera ocupado. A otro, Fraire lo hubiera mandado de vuelta a la cola para no perder tiempo, pero a mi me aguantaba hasta que atendían y me daba más tiempo de comunicación que a otros.
En otro momento, apareció en el puesto de comando del regimiento una radio VRQ-3, de gran alcance. Desde la posición, si el tiempo lo permitía, nos comunicábamos a Buenos Aires con el Capitán Hernán Pita (el que años más tarde murió al querer recuperar el Regimiento de Patricios), que era radio-aficionado y también hacía “phone-patch” y que no se cuando dormía porque estaba en comunicación las 24 horas del día.
También funcionaba, y muy bien, el correo militar, y esto tiene con el tiempo, impensadamente, valor histórico. Muchas cartas escritas por los combatientes a sus familias fueron publicadas después de la guerra (algunas por periodistas inescrupulosos, sin permiso de sus autores), reflejando sus sentimientos, su estado de ánimo, sus convicciones y sus dudas. Especialmente conmovedoras y testimoniales son las cartas de los que murieron a sus esposas y sus hijos.
Otra forma de comunicación con los combatientes eran unas cajitas de cartón que nos llegaban, y que contenían caramelos, cigarrillos, una estampita de la Virgen y, lo más importante, una carta, escrita generalmente por un chico o un adolescente y dirigida a un soldado anónimo. La carta era muy simple, pero emocionante y generalmente traía palabras de aliento y de admiración de los que estaban en casa hacia los combatientes.
Las noticias las escuchábamos por las radios uruguayas (Radio Carve y Radio Colonia) y muchas veces nos parecían más creíbles que las que nos llegaban por la cadena de comando.
Mi última comunicación desde Malvinas la hice a través de Hernán Pita, el 14 de junio, para que en casa supieran que estaba vivo.
Cuando estábamos prisioneros, las cartas las traían y las llevaban (abiertas, porque los ingleses censuraban) los de la Cruz Roja.
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