lunes, 28 de marzo de 2011

La caja y el pozo

Seineldín me entregó una carta topográfica del sector que le correspondería al regimiento y una caja de madera de dos hojas, con bisagras en el medio y que se abría como un libro; me indicó que pegase la carta (cubierta con celofán a modo de papel de calco para dibujar) dentro de la caja, y me dio dos candaditos con llave para pasarlos por tornillos argollados para cerrarla, haciéndome estrictas recomendaciones de mantener la caja siempre cerrada, como si contuviera las claves para desatar una guerra nuclear.

Al día siguiente se me habían perdido los dos candados. La verdad es que no teníamos un lugar para guardar cosas, ni estantes, ni cajones, ni ninguna facilidad para tener las cosas ordenadas y prolijas. Yo esperaba que el Turco no lo notara, pero se dio cuenta enseguida. Me preguntó por los candados, le dije que no los encontraba, y me tuve que comer una arenga sobre el secreto de las operaciones, la confidencialidad de la información que se me había confiado, etc. etc. Me hizo sentir como que no había sabido cumplir con una cosa muy simple, pero en seguida se le pasó. Me ordenó que consiguiera otros candados, cosa que en Malvinas era imposible. La caja terminó cerrada con dos pedazos de alambre.

Cuando empezamos los reconocimientos del sector, yo tenía que llevar la caja con la carta topográfica. Era incomodísima, pesada y difícil de manipular y casi no cabía en los asientos del jeep. Cuando caminábamos, el viento la movía para todos lados como un banderín. Además me parecía ridícula y me restaba movilidad. Hubiera sido mucho más práctico tener la carta enrollada y al desplegarla asegurarla con piedras, que sobraban por todos lados. Pero el Turco estaba enamorado de su caja.

La tuve en la posición durante todas las operaciones; casi no la abrí más porque me conocía el despliegue de memoria y solamente agregué dibujos cuando se instalaron los campos minados y, al terminar la guerra, quemé la carta de operaciones.

La caja debe estar todavía en el pozo.

En el sector del regimiento, Seineldín había elegido la ubicación de su puesto de comando en un lugar elevado y con buen dominio visual de todo el sector. Había hecho cavar y nivelar un pozo entre dos rocas y lo había hecho techar con dos planchas de aluminio que había encontrado en el aeropuerto. Era un búnker sólido, en el que entraban bien tres personas, con adecuada profundidad para acostarse, y con la altura suficiente para estar sentados, agachados o arrodillados sin tocar el techo.

Con el Chuño nos habíamos instalado en un terreno más bajo, en una carpa individual, a corta distancia del puesto de comando, lo suficientemente cerca como para que el Turco nos pudiese llamar en cualquier momento. Pero él tenía otras intenciones; en cuanto nos vio instalados, nos hizo desarmar la carpa y mudarnos con él al pozo, que era exactamente lo que queríamos evitar.

La verdad es que, cuando estalló la primera bomba, hubiéramos abandonado inmediatamente la fragilidad de la carpa y hubiéramos salido corriendo a refugiarnos en el pozo del puesto de comando.

Allí estuvimos toda la guerra.  

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