lunes, 28 de marzo de 2011

Compañeros de guerra


Hernán Garay era jefe de la compañía reserva del regimiento. Desde nuestro puesto de comando se veía su posición, a la que se accedía fácilmente cruzando un bajo. Compartía el pozo con el segundo jefe de la reserva, el Teniente Primero “Sangui” Sanguinetti. Su pozo tenía las medidas mínimas para dos hombres sentados, y así, sentados, se pasaron los tres meses de operaciones. Yo los iba a visitar cuando podía, aunque más esporádicamente cuando empezaron los bombardeos, porque me sentía muy vulnerable cruzando el bajo. Alguna vez lo invitamos a almorzar con nosotros, y el Chuño se esmeraba con algo rico para comer. Una hija de Hernán nació en plena guerra. El 8 de julio de 1982, estando prisioneros, cumplí 33 años, y Hernán me regaló su boina de “comando”.

Con el Chuño Pugliese compartí las 24 horas de todos los días de toda la guerra y los días de prisioneros. Inclusive los ingleses nos interrogaron a los dos juntos el mismo día. Era Oficial de Inteligencia, pero la verdad es que no tenía mucho que hacer en ese campo, de modo que se dedicaba a darnos de comer a los que estábamos en el puesto de comando. Todas las mañanas armaba el menú, buscaba los víveres y daba las indicaciones a los cocineros. Nuestro indicativo de llamada radiotelefónico era “sangre 4” y todavía hoy, cuando me llama desde Rosario, me dice “habla sangre 4”.

El Subteniente Héctor Flores (hoy coronel) era el Oficial de Comunicaciones y tenía la central de comunicaciones a dos pasos de nuestro puesto de comando. Había hecho un excelente tendido de líneas que, bien enterradas, se mantuvieron intactas durante toda la guerra, a pesar de las bombas. Los primeros días de operaciones, las “alertas” no lo dejaban dormir ni de día ni de noche. El Turco entonces resolvió hacer turnos de dos horas en la central telefónica durante la noche, para que Flores pudiera descansar algo. En el turno entramos el Chuño y yo, y el mismo Turco, que consideraba inmoral exigir cosas si él no daba el ejemplo. Esto duró unos días hasta que terminaron las alertas.

Cerca nuestro estaba el puesto de comando de la Compañía “A”, cuyo jefe era el Teniente Primero Macchi, y su segundo jefe el Teniente Bari del Valle Sosa. Con ellos compartíamos largas horas de espera y de charlas. El 13 de junio, Seineldín armó una fracción con un rejuntado de varias otras y, bajo el mando de Bari Sosa, la envió a reforzar una de las unidades de primera línea. 

A Raúl Sevillano, jefe de un equipo de combate, lo vi poco porque estaba lejos, pero las veces que lo vi tenía todo controlado con gran eficacia. Cuando terminó la guerra, alguien nos preguntó si queríamos proponer a alguien para una condecoración o mención especial, y con Hernán y con el Chuño coincidimos en proponerlo a Raúl, que se ganó una mención especial.

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