Una mañana, los ingleses nos sacaron del galpón de lana y nos subieron a un camión que nos transportó hasta un helipuerto, donde nos embarcaron en un helicóptero tipo “Chinook”, volando hasta Darwin. En Darwin nos “procesaron” como prisioneros de guerra; nos preguntaron algunos datos y nos sacaron una foto con el número de prisionero en el pecho de la chaquetilla, y nos recluyeron en un depósito de un frigorífico abandonado.
Todo muy profesional. Los ingleses habían mantenido a los combatientes (especialmente los soldados) alejados del contacto con los prisioneros. Todo el proceso y el trato con nosotros lo hicieron a través de la Policía Militar que, además de tener esa función, no había participado del combate. Habían bajado fresquitos de los buques, y no tenían la carga de animosidad de los combatientes que habían visto morir a sus compañeros.
Sin entrar en confianza y manteniendo una distancia prudente, eran amables y respetuosos, tratándonos inclusive por nuestros respectivos grados. Pero era un trato deliberadamente planificado, que trataba de mantener a los prisioneros lo más tranquilos posible. Un trato descortés o innecesariamente violento, solamente hubiera servido para caldear los ánimos y aumentar el peligro de descontrol entre los prisioneros, insumiendo más tropas para custodiarlos y mantener el orden.
Los oficiales, los suboficiales y los soldados estaban alojados en tres compartimientos separados, lo que eliminaba la posibilidad de algún tipo de organización vertical. Se habían sacado las insignias e identificaciones de regimientos y fracciones para evitar la cohesión.
Desde el primer día habían empezado los interrogatorios. Por las dudas que nos interrogaran a nosotros, con el Chuño le preguntamos al más antiguo de los prisioneros qué había que decir y qué había que callar. “Contesten todo lo que les pregunten”, fue la indicación. Una mañana nos llevaron al Chuño y a mi a una carpa instalada en el exterior del frigorífico. Un oficial inglés y un suboficial intérprete nos preguntaron por nuestros cargos en el regimiento y después de algunas frases amables para hacernos sentir cómodos, se concentraron en preguntas sobre los campos minados. La información ya la sabían porque tenían los registros de campos minados de los ingenieros de infantería de marina que los habían instalado, pero querían confirmar los datos. Yo me acordaba de memoria el despliegue general de todos los campos minados del sector del regimiento, pero mi copia de los registros la había quemado el 14 de junio. No debí haberlo hecho, porque los registros de los campos minados hay que conservarlos. No tiene sentido destruirlos, pero yo no lo sabía.
Después de interrogarnos, nos separaron del resto de los prisioneros de nuestro nivel y nos pasaron a un compartimiento diferente donde estaban todos los jefes de regimiento del Ejército y los oficiales superiores de la Infantería de Marina y de la Fuerza Aérea.
Aunque era un ambiente más cómodo (teníamos más espacio), yo lamenté la separación de la gente de nuestro nivel, en el que todavía había espíritu combativo y se hacían planes (ilusorios) de escape. En nuestro nuevo alojamiento algunos tenían pijama y hasta maquinitas de afeitar eléctricas.
Nosotros, por suerte, teníamos una cuchara cada uno.