lunes, 28 de marzo de 2011

Prisioneros en Darwin

Una mañana, los ingleses nos sacaron del galpón de lana y nos subieron a un camión que nos transportó hasta un helipuerto, donde nos embarcaron en un helicóptero tipo “Chinook”, volando hasta Darwin. En Darwin nos “procesaron” como prisioneros de guerra; nos preguntaron algunos datos y nos sacaron una foto con el número de prisionero en el pecho de la chaquetilla, y nos recluyeron en un depósito de un frigorífico abandonado.

Todo muy profesional. Los ingleses habían mantenido a los combatientes (especialmente los soldados) alejados del contacto con los prisioneros. Todo el proceso y el trato con nosotros lo hicieron a través de la Policía Militar que, además de tener esa función, no había participado del combate. Habían bajado fresquitos de los buques, y no tenían la carga de animosidad de los combatientes que habían visto morir a sus compañeros.

Sin entrar en confianza y manteniendo una distancia prudente, eran amables y respetuosos, tratándonos inclusive por nuestros respectivos grados. Pero era un trato deliberadamente planificado, que trataba de mantener a los prisioneros lo más tranquilos posible. Un trato descortés o innecesariamente violento, solamente hubiera servido para caldear los ánimos y aumentar el peligro de descontrol entre los prisioneros, insumiendo más tropas para custodiarlos y mantener el orden.

Los oficiales, los suboficiales y los soldados estaban alojados en tres compartimientos separados, lo que eliminaba la posibilidad de algún tipo de organización vertical. Se habían sacado las insignias e identificaciones de regimientos y fracciones para evitar la cohesión.

Desde el primer día habían empezado los interrogatorios. Por las dudas que nos interrogaran a nosotros, con el Chuño le preguntamos al más antiguo de los prisioneros qué había que decir y qué había que callar. “Contesten todo lo que les pregunten”, fue la indicación. Una mañana nos llevaron al Chuño y a mi a una carpa instalada en el exterior del frigorífico. Un oficial inglés y un suboficial intérprete nos preguntaron por nuestros cargos en el regimiento y después de algunas frases amables para hacernos sentir cómodos, se concentraron en preguntas sobre los campos minados. La información ya la sabían porque tenían los registros de campos minados de los ingenieros de infantería de marina que los habían instalado, pero querían confirmar los datos. Yo me acordaba de memoria el despliegue general de todos los campos minados del sector del regimiento, pero mi copia de los registros la había quemado el 14 de junio. No debí haberlo hecho, porque los registros de los campos minados hay que conservarlos. No tiene sentido destruirlos, pero yo no lo sabía.     

Después de interrogarnos, nos separaron del resto de los prisioneros de nuestro nivel y nos pasaron a un compartimiento diferente donde estaban todos los jefes de regimiento del Ejército y los oficiales superiores de la Infantería de Marina y de la Fuerza Aérea.

Aunque era un ambiente más cómodo (teníamos más espacio), yo lamenté la separación de la gente de nuestro nivel, en el que todavía había espíritu combativo y se hacían planes (ilusorios) de escape. En nuestro nuevo alojamiento algunos tenían pijama y hasta maquinitas de afeitar eléctricas.

Nosotros, por suerte, teníamos una cuchara cada uno.  

Martín Balza

Los niveles de pensamiento estratégico de Argentina nunca pensaron que el conflicto derivaría en acciones de guerra. Cuando advirtió que Gran Bretaña estaba decidida a recuperar las islas por la fuerza, Argentina comenzó a reforzar los efectivos que estaban en Malvinas, con un alto grado de improvisación.

Los regimientos llegaban fraccionados, las tropas por un lado y el apoyo logístico por otro y descoordinados en el tiempo. Consecuentemente, al desembarcar en el  aeropuerto de Puerto Argentino, los regimientos no tenían vehículos para desplazarse a los sectores asignados, debiendo hacerlo a pie, cargando sus bolsones, en condiciones meteorológicas muy adversas, a veces bajo la lluvia. Sin cocinas, dependían de otras unidades para las comidas. El comando de la brigada estaba totalmente sobrepasado en su capacidad de apoyo y en los jefes de los regimiento reinaba el desconcierto y la impotencia para hacer frente a las necesidades básicas de su gente.

Lógicamente, buscaban el apoyo del Regimiento 25, que era el único que estaba completo, organizado y que llevaba varios días en el terreno. Los jefes de unidades venían al puesto de comando del regimiento a mendigar apoyo y el Turco multiplicaba sus esfuerzos para auxiliarlos. Generosamente, cedía personal y vehículos (cualquiera que haya comandado un regimiento sabe la generosidad y el desprendimiento que se necesita para eso).

Un día llegó a nuestro puesto de comando el Teniente Coronel Martín Balza, que acababa de desembarcar con su Grupo de Artillería. Seineldín no estaba, y se sentó a esperarlo con Pugliese y conmigo.  No me acuerdo de qué hablamos, pero sí recuerdo que aún conservando su dignidad frente a nosotros, capitanes, se lo veía angustiado. El alivio llegó con Seineldín, que le ofreció apoyo irrestricto.

Tengo ese recuerdo de Balza, y otro más. Cuando estábamos prisioneros en Darwin, la comida escaseaba. Los ingleses nos daban lo justo y en condiciones bastante precarias. No teníamos vajilla para comer y en lugar de platos usábamos latitas. Una cuchara era un tesoro invalorable.

En el frigorífico abandonado en el que estábamos presos, justo en frente mío y del Chuño, estaba Balza. El Chuño, cuando no, siempre previsor, tenía unas latitas de jugo en polvo (una especie de “Tang”), que racionaba y compartía conmigo en las comidas y que apreciábamos como oro en polvo.

Balza no tardó en detectar que el Chuño tenía jugo y todos los almuerzos se acercaba a pedir un poco, y el Chuño le daba.

Hay gestos que, fuera de contexto, parecen insignificantes, pero que en las circunstancias en que se desarrollan tienen mucho valor. Nadie podía imaginar en ese momento los caminos por los que la vida militar los llevaría a Balza y al Chuño, pero estoy convencido que con el correr de los años, en otras circunstancias difíciles que los involucraron a ambos, ese simple gesto de entrega de jugo recobró su verdadero valor. 

Compañeros de guerra


Hernán Garay era jefe de la compañía reserva del regimiento. Desde nuestro puesto de comando se veía su posición, a la que se accedía fácilmente cruzando un bajo. Compartía el pozo con el segundo jefe de la reserva, el Teniente Primero “Sangui” Sanguinetti. Su pozo tenía las medidas mínimas para dos hombres sentados, y así, sentados, se pasaron los tres meses de operaciones. Yo los iba a visitar cuando podía, aunque más esporádicamente cuando empezaron los bombardeos, porque me sentía muy vulnerable cruzando el bajo. Alguna vez lo invitamos a almorzar con nosotros, y el Chuño se esmeraba con algo rico para comer. Una hija de Hernán nació en plena guerra. El 8 de julio de 1982, estando prisioneros, cumplí 33 años, y Hernán me regaló su boina de “comando”.

Con el Chuño Pugliese compartí las 24 horas de todos los días de toda la guerra y los días de prisioneros. Inclusive los ingleses nos interrogaron a los dos juntos el mismo día. Era Oficial de Inteligencia, pero la verdad es que no tenía mucho que hacer en ese campo, de modo que se dedicaba a darnos de comer a los que estábamos en el puesto de comando. Todas las mañanas armaba el menú, buscaba los víveres y daba las indicaciones a los cocineros. Nuestro indicativo de llamada radiotelefónico era “sangre 4” y todavía hoy, cuando me llama desde Rosario, me dice “habla sangre 4”.

El Subteniente Héctor Flores (hoy coronel) era el Oficial de Comunicaciones y tenía la central de comunicaciones a dos pasos de nuestro puesto de comando. Había hecho un excelente tendido de líneas que, bien enterradas, se mantuvieron intactas durante toda la guerra, a pesar de las bombas. Los primeros días de operaciones, las “alertas” no lo dejaban dormir ni de día ni de noche. El Turco entonces resolvió hacer turnos de dos horas en la central telefónica durante la noche, para que Flores pudiera descansar algo. En el turno entramos el Chuño y yo, y el mismo Turco, que consideraba inmoral exigir cosas si él no daba el ejemplo. Esto duró unos días hasta que terminaron las alertas.

Cerca nuestro estaba el puesto de comando de la Compañía “A”, cuyo jefe era el Teniente Primero Macchi, y su segundo jefe el Teniente Bari del Valle Sosa. Con ellos compartíamos largas horas de espera y de charlas. El 13 de junio, Seineldín armó una fracción con un rejuntado de varias otras y, bajo el mando de Bari Sosa, la envió a reforzar una de las unidades de primera línea. 

A Raúl Sevillano, jefe de un equipo de combate, lo vi poco porque estaba lejos, pero las veces que lo vi tenía todo controlado con gran eficacia. Cuando terminó la guerra, alguien nos preguntó si queríamos proponer a alguien para una condecoración o mención especial, y con Hernán y con el Chuño coincidimos en proponerlo a Raúl, que se ganó una mención especial.

Las comunicaciones

En la guerra, la comunicación con la familia es una necesidad imperiosa; saber que los que uno quiere están bien, y que ellos sepan que uno también está bien. Por suerte, a mí nunca me faltaron posibilidades de comunicación.

En Puerto Argentino había una instalación de comunicaciones de IT&T, que a partir de la recuperación de las islas pasó a ser operada por técnicos civiles argentinos; en seguida se corrió la voz y recuerdo que en la puerta de la instalación se formaban colas de gente esperando turno para hablar por “phone-patch”, o sea enlace de radio con teléfono.

La primera vez que fui, el operador (creo que se llamaba Fraire), al conocer mi apellido, me preguntó si era pariente de Julio Istúriz. Le dije que era mi tío, hermano de mi padre, y me comentó que lo conocía de los Cursillos de Cristiandad. A partir de ahí, tuve algunas ventajas. Si bien esperaba en fila como todos los demás, cuando me llegaba el turno era normal que el teléfono en lo de García-Mansilla diera ocupado. A otro, Fraire lo hubiera mandado de vuelta a la cola para no perder tiempo, pero a mi me aguantaba hasta que atendían y me daba más tiempo de comunicación que a otros.

En otro momento, apareció en el puesto de comando del regimiento una radio VRQ-3, de gran alcance. Desde la posición, si el tiempo lo permitía, nos comunicábamos a Buenos Aires con el Capitán Hernán Pita (el que años más tarde murió al querer recuperar el Regimiento de Patricios), que era radio-aficionado y también hacía “phone-patch” y que no se cuando dormía porque estaba en comunicación las 24 horas del día.

También funcionaba, y muy bien, el correo militar, y esto tiene con el tiempo, impensadamente, valor histórico. Muchas cartas escritas por los combatientes a sus familias fueron publicadas después de la guerra (algunas por periodistas inescrupulosos, sin permiso de sus autores), reflejando sus sentimientos, su estado de ánimo, sus convicciones y sus dudas. Especialmente conmovedoras y testimoniales son las cartas de los que murieron a sus esposas y sus hijos.

Otra forma de comunicación con los combatientes eran unas cajitas de cartón que nos llegaban, y que contenían caramelos, cigarrillos, una estampita de la Virgen y, lo más importante, una carta, escrita generalmente por un chico o un adolescente y dirigida a un soldado anónimo. La carta era muy simple, pero emocionante y generalmente traía palabras de aliento y de admiración de los que estaban en casa hacia los combatientes.  

Las noticias las escuchábamos por las radios uruguayas (Radio Carve y Radio Colonia) y muchas veces nos parecían más creíbles que las que nos llegaban por la cadena de comando.

Mi última comunicación desde Malvinas la hice a través de Hernán Pita, el 14 de junio, para que en casa supieran que estaba vivo.

Cuando estábamos prisioneros, las cartas las traían y las llevaban (abiertas, porque los ingleses censuraban) los de la Cruz Roja. 

Los buques ingleses

Desde el Puesto de Comando del regimiento teníamos amplia visibilidad sobre el mar, hacia el norte, el este y el sur. Hacia el oeste estaba Puerto Argentino.

La fracción en el límite este era el Equipo de Combate “Olmos”, prácticamente sobre el mar, defendiendo la posición de un eventual desembarco anfibio.

Una mañana de mayo, recibimos un parte telefónico de Olmos informando que se veían buques hacia el este. Con Seineldín y Pugliese subimos hasta el lugar más alto de nuestra posición y desde allí vimos tres buques de guerra ingleses navegando en dirección norte-sur, luego virando hacia el oeste, a la vista de toda la posición, con la tranquilidad de estar fuera del alcance de nuestras armas. Los tres buques en fila, uno detrás del otro, parecían estar en un desfile naval.

“Están haciendo un reconocimiento”, afirmó Seineldín, como si se hubiera pasado la vida en el mar.

Los buques se detuvieron al sur de la península Freycinet y así estuvieron un buen rato mientras nosotros observábamos con curiosidad.

Repentinamente escuchamos el sonido inconfundible del estampido de boca de un cañón y el silbido de un proyectil en el aire, que impactó a pocos metros de la pista de aterrizaje.

“Reconocimiento, un carajo”, dijo Seineldín y corrimos a la central telefónica para avisar a toda la posición que había fuego naval y que se pusieran a cubierto.

Luego de un par de minutos de silencio (estarían corrigiendo la puntería), empezaron las ráfagas. Los buques ingleses estaban equipados con tres cañones automáticos de 105mm., con una cadencia de tiro de más de 60 disparos por minuto cada uno. Contrariamente a los cañones de tierra, que tienen que hacer pausas de fuego para recargar las piezas, los cañones automáticos tienen capacidad de disparar ráfagas ininterrumpidas.

Aunque el fuego naval no hizo ningún daño en la pista de aterrizaje, nosotros nos quedamos con la sensación de que éramos como patitos indefensos en un stand de tiro. Como en el regimiento había cañones antitanques Czecalski de 105mm., Seineldín ordenó que se asignara un cañón a cada uno de los equipos de combate que estaban sobre el mar. Usar cañones antitanque para tirarle a buques en el mar parecía un chiste; pero el hecho es que al día siguiente los buques ingleses repitieron la maniobra, seguramente confiados en la impunidad con que habían operado el día anterior.

Cuando Olmos los tuvo a la vista, disparó su cañón. El proyectil no impactó en ningún lado y debe de haberse perdido en el mar asustando algunos peces. Pero algo debieron de haber visto los buques, porque detuvieron la marcha, viraron 180 grados y no volvieron nunca más.

Mejor dicho, volvieron el 13 de junio, en plena batalla por Puerto Argentino, pero ahí los esperábamos con los Exocet.

Las bombas

El primer ataque inglés a Malvinas fue a nuestra posición, el 1 de mayo a eso de las 3 o 4 de la mañana. Estábamos durmiendo y nos despertó el ruido del pasaje de un avión a baja altura, e inmediatamente después una fuerte explosión.

“Rompió la barrera del sonido” sentenció el Chuño, como si fuera un experto en aviónica. Cuando salimos del pozo, vimos una parte de las instalaciones del aeropuerto en llamas y se nos hizo evidente que había sido un bombardeo aéreo. Alertamos a todas las compañías para que se protegieran de otro eventual ataque y nos quedamos despiertos, como en vigilia. Al amanecer hubo un nuevo ataque y un combate aéreo entre aviones ingleses y argentinos.

En los días siguientes, los bombardeos aéreos se repitieron diariamente, tanto de día como de noche, además del fuego naval.

Era evidente que uno de los objetivos principales de los ingleses en esos días era destruir la pista de aterrizaje del aeropuerto de Puerto Argentino. Como el movimiento  por mar estaba bloqueado por los submarinos nucleares, que con el correr de los días fueron hundiendo todo buque argentino que entró en la llamada “zona de exclusión”, el único medio de abastecimiento y evacuación desde y hacia el continente era el medio aéreo. Destruida la pista, el aislamiento sería completo.  

Milagrosamente, la pista resistió, incluso habiendo recibido impactos directos de las bombas, y se mantuvo operable hasta el mismo 14 de junio. Pero los ataques eran persistentes y las bombas que por error de puntería no caían en la pista, impactaban en nuestra posición.

El Turco entonces, puso en funcionamiento un engaño que parecía propio de la primera guerra mundial. Después de los bombardeos, hacía simular con tierra cráteres en la pista que, captados por una fotografía aérea, hacían creer que la pista estaba perforada. Parecía inverosímil que los ingleses se lo creyeran, pero lo cierto es que los bombardeos se interrumpían por uno o dos días.

En la batalla mediática, los ingleses anunciaban que la pista estaba inoperable, y Argentina declaraba que estaba intacta. Y como los aviones argentinos seguían llegando, los ingleses volvían a bombardear. El Turco estaba furioso y le pidió varias veces al comando de la brigada que declarara que la pista estaba destruida.

Cuando terminó la guerra, el Turco marcó en un mapa de la Península Freycinet la ubicación de las bombas que había recibido la posición. Un color para las bombas de 1.000 libras, otro para las de 500 libras y otro para los impactos de cañoneo naval. Casi no quedaban 50 metros sin impactos. Además sacó la cuenta de los kilos de bombas que recibimos.      

En el bombardeo del 1 de mayo murió un soldado que había sido del Equipo de Combate Sevillano, de apellido García. El Turco había ordenado que fuera evacuado porque sufría de continuas crisis nerviosas y alteraba a todos los que tenía cerca.

Esa noche estaba en el aeropuerto esperando que el primer avión que saliera lo llevase de vuelta al continente.




El General Menéndez

El General Mario Benjamín Menéndez era el Comandante del Teatro de Operaciones Malvinas. Era célebre por su inteligencia y tenía una impecable trayectoria militar. Desde ese punto de vista, estaba muy bien elegido.

Había instalado su puesto de comando en la casa victoriana que había sido la residencia de Rex Hunt, el gobernador inglés depuesto. Sus Ayudantes eran el Teniente Coronel Doglioli y el Teniente Coronel Buitrago. A Doglioli, infante, yo lo conocía de la Escuela de Infantería. A Buitrago, artillero, lo conocía desde la época en que yo era cadete de IVto año del Colegio Militar y él Oficial Instructor de la Batería de Artillería. Con Buitrago como jefe de comisión y otros tres cadetes, habíamos realizado en 1969 un viaje de intercambio a nuestra equivalente inglesa, la Royal Military Academy, en Sandhurst, cerca de Londres. Después hicimos unos días de turismo en Roma, Madrid y París. De allí me había quedado con Buitrago una relación especial de camaradería.

Uno de ellos me invitó a pasar a visitarlos en el puesto de comando. Yo venía del pozo, del frío, la mojadura y la suciedad, y me impactó la casa en que vivían, los muebles, la vajilla, sus uniformes impecables, y un camarero que pasaba ofreciendo café. También lo pude saludar al General Menéndez, vestido con un uniforme de combate planchado como para un desfile.

Doglioli me dio dos ametralladoras PAM de 9mm. que le habían enviado desde Buenos Aires y que eran prototipos de prueba de Fabricaciones Militares porque tenían adosado un sistema de puntería láser que marcaba un puntito rojo en el blanco. Supuestamente, los disparos irían con precisión adonde estaba el puntito, pero nunca lo comprobé. Me quedé con una y le di la otra al Chuño Pugliese.

Creo que desde una perspectiva operacional, el General Menéndez hizo todo lo que se podía hacer. Inclusive creo que fue acertada la decisión de rendir la posición, porque era imposible seguir resistiendo y hubiera habido un costo inútil de bajas nuestras. Pero siempre me quedé con la sensación de que, instalado demasiado cómodamente, le faltó un mayor compromiso y presencia con los que estábamos en la trinchera. Otros pensaban que estaba conduciendo mal las operaciones y que nos llevaba a una derrota segura., desde mucho antes de que los ingleses llegaran a la periferia de Puerto Argentino.

La cosa es que una mañana aparecieron sorpresivamente en el puesto de comando de Seineldín los dos jefes de las compañías de comandos que estaban en Malvinas, el Mayor Aldo Rico y el Mayor Mario Castagneto. Se apartaron a una distancia suficiente como para que nadie los escuchara, y estuvieron un rato largo conversando. Tengo la convicción de que intentaron que Seineldín se hiciera cargo del comando de las operaciones, lo que no prosperó.

Ni Seineldín ni ningún otro tenía los medios como para cambiar el resultado final de las operaciones. Hubiéramos perdido igual, pero creo que Seineldín era capaz de ponerse al frente de cualquier fracción y de inmolarse en el combate, revistiendo la derrota de una dignidad y heroísmo que excedían el calibre de Menéndez.   

Lo difícil es medir ese eventual beneficio frente al perjuicio que para el espíritu y la disciplina futura del Ejército hubiera tenido una insubordinación en presencia del enemigo. 

El galpón de lana

Los prisioneros estuvimos en la península Freycinet dos o tres días. Una tarde se corrió la voz de que nos íbamos a Puerto Argentino, donde nos embarcarían para repatriarnos, y al atardecer empezó el movimiento.

Para pasar por el puesto de control inglés, se formó una fila india de miles de hombres que íbamos dejando el  armamento y todas nuestras pertenencias en diferentes pilas. La pila de los FAL era enorme; hay fotos de este momento, que para mí es una de las imágenes más dolorosas de la derrota.

Llegamos a Puerto Argentino ya de noche y el Regimiento 25 quedó esperando frente a un muelle de unos diez metros de largo, detrás del cual había una planchada para subir a un buque. En el acceso al muelle había un mayor inglés que iba llamando a los prisioneros de a uno. A algunos, la mayoría, los mandaba a seguir por el muelle a la planchada, y de ahí a embarcar. A otros les indicaba que siguieran para la derecha, hacia la incertidumbre.

Delante mío pasó el capitán Lamas, que había sido el Oficial Logístico del regimiento. El mayor inglés le hizo un par de preguntas y de ahí lo mandó al buque. Después me tocó a mí. El mayor, (“Pinder” decía en una tira de identificación en su chaquetilla) me preguntó qué cargo tenía en el regimiento y me mandó para la derecha. Tengo grabada en mi memoria la mirada de angustia de Lamas desde el muelle, al darse cuenta de él se iba y yo me quedaba. Después le tocó al Turco y al Chuño, y los dos también fueron para la derecha.

Nos llevaron hasta un galpón que era un depósito de lana, adonde ya había otros prisioneros de otras unidades, unos quince, entre oficiales, suboficiales y soldados.

Si no fue esa misma noche, fue a la mañana siguiente, pero me acuerdo que el Turco en seguida organizó la cosa. Era el más antiguo de los presentes y no dudó en constituirse en jefe, organizó una plana mayor de prisioneros y asignó misiones para cada uno.

Al mediodía empezaron a llegar los oficiales ingleses que habían enfrentado a nuestras tropas en el combate; profesionales, si los hay, querían hablar con los jefes de las fracciones que les había tocado enfrentar. Como yo sabía inglés, oficié de traductor. Los ingleses se sentaban en el suelo con nuestros oficiales y les hacían preguntas como estas: ¿por qué dejó de tirar la ametralladora que estaba en la altura tal?; ¿por qué esperaron hasta tal hora para lanzar el contraataque?; ¿hasta donde se extendía el campo minado que estaba en tal lugar?; ¿cómo se dieron cuenta de que tal fracción los estaba envolviendo? Todo en un tono de consulta y de intercambio de experiencias, como si tuvieran que empezar otra guerra al día siguiente.

Había un mayor argentino, un gordo, jefe de una compañía independiente (me reservo el apellido), que desde el primer momento empezó a lamentarse de palpitaciones y dolor de pecho. Me  hacía llamar a los ingleses que nos custodiaban para que les explicara  sus dolencias. A la tercera o cuarta vez, los ingleses no lo quisieron escuchar más y se lo llevaron para repatriarlo. En el galpón quedaron suboficiales y soldados de esa compañía, viendo como su jefe los abandonaba.

La lana estaba apilada en fardos que hacían de colchón y allí dormí, después de tres meses, calentito y mullido.  

El Capitán inglés

Cuando terminaron las operaciones, los ingleses embarcaron inmediatamente a muchos de nuestros soldados, para repatriarlos a Argentina. Siempre prácticos, supongo que les convenía mantener la menor cantidad de prisioneros posible. Pero muchos otros fueron dejados para posteriores repatriaciones.

Excepto el Estado Mayor del Componente Terrestre, el resto de los prisioneros fue confinado en la Península Freycinet, donde había estado la posición del Regimiento 25. Rodeada por mar, y con un istmo muy reducido para conectarse con el resto de la isla, era un lugar de confinamiento muy fácil de controlar. De hecho, el control de miles de prisioneros lo hacía desde el acceso al istmo una fracción reducida al mando de un capitán inglés.

La primera noche, el capitán inglés preguntó por el Coronel Sineldín, lo saludó con mucho respeto y le informó que lo ponía al mando de los prisioneros, y que mientras se mantuviese el orden y la disciplina, no habría problemas. Me sorprendió que a los oficiales argentinos se les permitiese mantener las armas cortas (pistolas), aunque desde un punto de vista práctico era una medida inteligente porque permitía mantener la disciplina entre los prisioneros.

Al día siguiente comenzaron las “avivadas” argentinas. Un helicóptero Super Puma argentino, tripulado por el capitán Ezequiel Luzuriaga, con insignias de helicóptero sanitario (cruz roja sobre fondo blanco), empezó a hacer vuelos evacuando heridos desde la península Freycinet al buque Bahía Paraíso, que estaba anclado a la vista y que era buque hospital. Los heridos eran pocos y el Super Puma, sin asientos y sin camillas, tiene capacidad para 25 pasajeros. De modo que a partir del tercer o cuarto vuelo, los que se “avivaron”, sin tener ninguna herida, embarcaron y se fueron. Yo los miraba con envidia, pero ni se me ocurrió anotarme. Además los ingleses no tardaron en darse cuenta y no lo dejaron aterrizar más.

Nosotros habíamos abandonado lo que había sido nuestro “hogar” por 60 días, instalándonos en un contenedor que, comparado con el pozo, era una suite de cinco estrellas.

Al atardecer, el Turco me dice: ¿por qué no va y lo invita a cenar al capitán inglés? Así lo hice y el capitán aceptó. No me acuerdo qué hizo preparar el Chuño para la ocasión.

Lo que sí me acuerdo es que el capitán inglés contó que durante el ataque final a Puerto Argentino, él se desempeñaba como observador adelantado de fuego naval. Desde una de las alturas circundantes vio como, desde nuestra posición, se disparaba un misil Exocet hacia el buque para el cual él dirigía el fuego. Si bien alcanzó a alertar sobre el misil, el buque no consiguió maniobrar a tiempo y el Exocet lo impactó de lleno. Todavía tenía muy viva la impresión que le había causado la explosión. Creo que contó que el buque se llamaba “Glamorgan”. También comentó que le parecía increíble que Gran Bretaña hubiera combatido tanto por unas islas tan insignificantes.

Como en un partido de fútbol muy disputado en el que, una vez terminado, los jugadores se saludan y se felicitan, me quedó la sensación de que para muchos combatientes ingleses, una vez finalizadas las operaciones, no tenía sentido mantener la rivalidad.

¿Para qué estar enojados, si el resultado es irreversible y la vida sigue?

Comiendo en la guerra

En nuestro regimiento nunca faltó la comida, ni tenía por qué faltar. Se cocinaba en cocinas de campaña en Puerto Argentino y, como nuestra posición era accesible, el rancho nunca se interrumpió. Pero por la tensión de la espera, las rigurosas condiciones meteorológicas y quién sabe qué otras razones, había soldados que comían poco y mal y que habían perdido mucho peso.

En cuanto le llegó la novedad al Turco, ordenó que todos los soldados flacos fueran enviados al Puesto Comando del Regimiento, donde él supervisaba personalmente que comieran en abundancia. Así, todos los días, al mediodía y a la noche, teníamos unos quince soldados comiendo sentados en semicírculo. Como estaban bajo la mirada del Turco, se comían hasta la cáscara de naranja. Esto duró hasta que empezaron las operaciones.

En el caso del Puesto de Comando, teníamos el problema resuelto con el “Chuño” Pugliese. Se despertaba programando el almuerzo y se acostaba programando el desayuno. Teníamos el apoyo del Comodoro Destri, que era el jefe del aeropuerto, a quien el Turco le respondía con una subordinación admirable, y que nos pasaba parte de los víveres de los que la Fuerza Aérea disponía en el aeropuerto. Todos los días el “Chuño” bajaba hasta el aeropuerto como quien sale a hacer los mandados y volvía con su carga de víveres. Había un par de soldados (¡cómo me gustaría acordarme de sus nombres!) que hacían un fueguito y cocinaban lo que el Chuño les indicaba. Cuando empezaron las operaciones o cuando llovía, y el Chuño no podía bajar al aeropuerto, comíamos la comida del rancho, que no estaba nada mal.

Cuando el Chuño le preguntaba al Turco qué quería comer ese día, el Turco le decía “una sopita, nada más”. Después se comía todo lo que le ponían adelante. “Una sopita nada más” quedó como una frase emblemática que le repetíamos al Turco todos los días para hacerlo reír.

Además Alberto Xifra, por el lado de su mujer, era pariente de los Fenoglio, los de los chocolates de Bariloche, que se las arreglaron para hacerle llegar una tonelada de chocolates, una parte de los cuales vino a parar a nuestro Puesto de Comando. Teníamos las cajas de chocolate almacenadas en el pozo, comíamos algo, y algo se comían todas las noches unas ratas amigas.

Cuando terminó la guerra, entre las muchas acusaciones que se hicieron al Ejército, una era que a los soldados no les llegaba la comida y que se morían de hambre. No pasaba eso en el Regimiento 25, y dudo mucho que pasara en otros regimientos. Los oficiales y suboficiales del Ejército Argentino tenemos bien metida en nuestra formación el asegurar que la tropa está bien alimentada. Una de las funciones principales de los servicios en tiempo de paz es controlar “el comedor”, o sea la calidad y cantidad de la comida que se sirve a los soldados. Con más razón en operaciones. Yo nunca vi soldados mal alimentados, ni siquiera después de cuatro meses de guerra, cuando estábamos prisioneros.

Yo perdí bastante peso, como así también los otros oficiales del regimiento. El Turco, mucho más. Pero fue por la tensión y el agotamiento. 

La Fuerza Aérea

El Turco siempre repetía la frase “la victoria tiene muchos padres; la derrota es huérfana”.

Cuando terminó la guerra, llegó el momento de ponerle paternidad a la derrota. Varios oficiales (creo que todos retirados) de la Fuerza Aérea se lanzaron a escribir análisis y crónicas supuestamente históricas en las que era evidente que la consigna era: “la Fuerza Aérea no perdió”. No creo que lo hicieran exclusivamente a título personal; para mí, la Fuerza Aérea bajó líneas.

Algún tiempo después, cuando el Congreso Nacional decidió establecer la Medalla del Congreso a los “héroes de Malvinas”, la Fuerza Aérea sostuvo que sus integrantes eran “todos héroes”, con lo que hubo medalla para todos. Creo que después hicieron lo mismo con la pensión a los Veteranos de Guerra, por lo que algunos de los que hoy cobran la pensión nunca escucharon silbar una bala. Tan absurdo fue esto, que los mismos pilotos que habían combatido acuñaron la frase de  que “muchos se subieron a las alas de los aviones”.

Mi experiencia fue completamente diferente. La gente de la Fuerza Aérea que estaba a cargo del aeropuerto (salvo honrosas excepciones, como la del Comodoro Destri), mantuvo la heroicidad hasta que cayó la primera bomba. Una vez que empezaron las operaciones y que los ingleses se empeñaron en destruir la pista de aterrizaje y el aeropuerto, los oficiales de la Fuerza Aérea comenzaron a desanimarse y a caer en un pesimismo progresivo y descontrolado.

Varios subían hasta el puesto de comando del Turco a buscar ánimo y entusiasmo, y lo encontraban. Otros venían a descargar su escepticismo, esperando que el Turco los acompañara en su depresión.

Tiraban frases como “mi Teniente Coronel, escuché por radio que los ingleses no vienen”, o “parece que la flota no avanza”. Esperaban que el Turco coincidiese con ellos, y el Turco les contestaba tajante: “¡No me vengan con malas noticias, que a los ingleses los estamos esperando”!  

La Fuerza Aérea no hizo honor a la bravura de los pilotos que combatieron. Bastardeó su heroísmo al hacerlos héroes a todos. Nosotros fuimos testigos de  la acción de esos pilotos el 1º de Mayo sobre el cielo de Puerto Argentino y vimos los Pucará volver del combate aéreo, perforados e inutilizados por los impactos.

Lo que más recuerdo, fue la acción de la Fuerza Aérea en Bahía Agradable (Pleasent Bay). Un regimiento de Guardias Galeses que había desembarcado en Darwin, inició la marcha hacia Puerto Argentino. Como era un regimiento mecanizado, no resistió la marcha a pie, fue llevado nuevamente a Darwin y embarcado para hacer el desplazamiento por mar durante la noche. Al llegar a Bahía Agradable, en lugar de desembarcar, permanecieron en el buque para descansar. A la madrugada los atacó la Fuerza Aérea y los destrozó. Nosotros vimos el ataque de los aviones argentinos desde nuestra posición. Hay una filmación impresionante de los ingleses bajando los heridos a tierra. 

La caja y el pozo

Seineldín me entregó una carta topográfica del sector que le correspondería al regimiento y una caja de madera de dos hojas, con bisagras en el medio y que se abría como un libro; me indicó que pegase la carta (cubierta con celofán a modo de papel de calco para dibujar) dentro de la caja, y me dio dos candaditos con llave para pasarlos por tornillos argollados para cerrarla, haciéndome estrictas recomendaciones de mantener la caja siempre cerrada, como si contuviera las claves para desatar una guerra nuclear.

Al día siguiente se me habían perdido los dos candados. La verdad es que no teníamos un lugar para guardar cosas, ni estantes, ni cajones, ni ninguna facilidad para tener las cosas ordenadas y prolijas. Yo esperaba que el Turco no lo notara, pero se dio cuenta enseguida. Me preguntó por los candados, le dije que no los encontraba, y me tuve que comer una arenga sobre el secreto de las operaciones, la confidencialidad de la información que se me había confiado, etc. etc. Me hizo sentir como que no había sabido cumplir con una cosa muy simple, pero en seguida se le pasó. Me ordenó que consiguiera otros candados, cosa que en Malvinas era imposible. La caja terminó cerrada con dos pedazos de alambre.

Cuando empezamos los reconocimientos del sector, yo tenía que llevar la caja con la carta topográfica. Era incomodísima, pesada y difícil de manipular y casi no cabía en los asientos del jeep. Cuando caminábamos, el viento la movía para todos lados como un banderín. Además me parecía ridícula y me restaba movilidad. Hubiera sido mucho más práctico tener la carta enrollada y al desplegarla asegurarla con piedras, que sobraban por todos lados. Pero el Turco estaba enamorado de su caja.

La tuve en la posición durante todas las operaciones; casi no la abrí más porque me conocía el despliegue de memoria y solamente agregué dibujos cuando se instalaron los campos minados y, al terminar la guerra, quemé la carta de operaciones.

La caja debe estar todavía en el pozo.

En el sector del regimiento, Seineldín había elegido la ubicación de su puesto de comando en un lugar elevado y con buen dominio visual de todo el sector. Había hecho cavar y nivelar un pozo entre dos rocas y lo había hecho techar con dos planchas de aluminio que había encontrado en el aeropuerto. Era un búnker sólido, en el que entraban bien tres personas, con adecuada profundidad para acostarse, y con la altura suficiente para estar sentados, agachados o arrodillados sin tocar el techo.

Con el Chuño nos habíamos instalado en un terreno más bajo, en una carpa individual, a corta distancia del puesto de comando, lo suficientemente cerca como para que el Turco nos pudiese llamar en cualquier momento. Pero él tenía otras intenciones; en cuanto nos vio instalados, nos hizo desarmar la carpa y mudarnos con él al pozo, que era exactamente lo que queríamos evitar.

La verdad es que, cuando estalló la primera bomba, hubiéramos abandonado inmediatamente la fragilidad de la carpa y hubiéramos salido corriendo a refugiarnos en el pozo del puesto de comando.

Allí estuvimos toda la guerra.  

Esperando a los ingleses

La defensa es una operación táctica exasperante. Y en un territorio insular, doblemente exasperante.

Las tropas construyen sus posiciones, las mejoran, y las vuelven a mejorar. Se construyen posiciones suplementarias y alternativas, se reconocen y jalonan caminos de repliegue, se hace el reglaje de tiro de las armas. Se comprueban y se vuelven a comprobar las comunicaciones, se hacen los planes de fuego para los morteros y la artillería, se establecen los campos minados, en fin, todo lo que indica la doctrina.

Y se espera………., y se espera. Ni siquiera los bombardeos hacen tanto daño psicológico como la sensación de que el control está en manos del enemigo, que decide cuándo y por dónde atacar.

Los primeros días de operaciones tuvieron cierta actividad a causa de las “alertas”. Alerta gris para presencia de comandos en la playa, alerta verde para desembarco anfibio enemigo, alerta naranja para ataque helitransportado, alerta violeta para bombardeo naval, alerta roja para ataque aéreo, etc. Los ingleses tenían los medios electrónicos para simular todas estas alternativas, y los usaban especialmente de noche para desgastarnos anímica y físicamente. Nuestros operadores de radar no estaban habituados a reconocer la diferencia entre los “ecos” de radar falsos y los verdaderos, de modo que daban todos por verdaderos. Y las alertas se sucedían hasta tres y cuatro veces en una misma noche, hasta que los radaristas les tomaron la mano.

Si hubiéramos podido adivinar el futuro, hubiéramos pasado las noches en alerta y los días durmiendo, porque todos los ataques ingleses empezaron y terminaron de noche.

En la espera, la moral y el espíritu de las tropas se deterioran progresivamente. A pesar de la situación estática, todo se hace difícil: bañarse, buscar la comida, lavar la ropa, ir a cargar nafta, etc. El baño, en el sentido de “ir al baño”, con cientos de soldados en un espacio reducido, convierte las proximidades de las posiciones en un chiquero. Las condiciones meteorológicas hostiles hacen lo suyo; en un terreno como el de Malvinas, el calzado y las medias no se secan nunca.

Había una sensación constante de estar en desventaja, y a partir del día en que los ingleses desembarcaron en Darwin, se generó la convicción de el combate sería inevitable y que no terminaría bien para nosotros. Uno se pregunta insistentemente si, cuando llegue la hora de la prueba, estará a la altura de las circunstancias.

Los hechos demostraron que nuestras tropas cumplieron su misión, y lo hicieron muy bien. Pese a todo lo padecido durante tres meses de espera en dificilísimas condiciones, cuando llegaron los ingleses la defensa les hizo frente hasta el máximo de sus posibilidades. Salvo excepciones, que las hay en todas las guerras y también en la vida diaria, los que mandaban lo hicieron con dignidad y los soldados respondieron igual, a pesar de que la ofensiva final inglesa los encontró, al decir del Ñato Rico, “en el límite del comportamiento humano”.


El Teniente Dacharí

En el sector del Regimiento 25 se había instalado un radar antiaéreo de artillería. Es un radar que capta aeronaves y determina si son propias o enemigas. Establece las coordenadas de altura, distancia y velocidad y las pasa a los cañones antiaéreos, que de este modo tienen una información anticipada de varios minutos antes de que el avión entre a distancia de fuego.

Un día de fines de abril, más por curiosidad que por razones operacionales, fui a conocerlo.

El radar estaba adosado al techo de una cabina de unos 4m2. y tenía un generador exterior para alimentación eléctrica. El operador, Teniente de Artillería Dacharí, trabajaba desde adentro de la cabina. Tenía un panel de instrumentos, una mesada para escritorio y una cucheta para descansar.

El día estaba tranquilo y en abril todavía no había empezado la actividad aérea de los ingleses. De modo que bien abrigados (la cabina tenía calefacción) conversamos un rato y Dacharí me explicó las prestaciones básicas del radar y la forma de identificación de aviones en la pantalla.

Me despedí con la sensación de que la guerra era muy diferente para unos y otros. Mientras unos no tenían como defenderse del frío, la lluvia y el suelo mojado, otros gozaban de escritorio, cucheta y calefacción. Como para esa fecha todavía teníamos la convicción de que los ingleses no vendrían, que no habría guerra, y menos aún aviones enemigos a detectar, envidié la comodidad de Dacharí y lo bien que lo estaba pasando instalado en su pequeño refugio.

Pero cuando empezaron las operaciones se hizo evidente que el radar tiene una vulnerabilidad, y es que los aviones tienen dispositivos de detección que le informan al piloto cuando su aeronave está siendo iluminada por un radar de tierra. El piloto tiene entonces la opción de disparar un misil antirradar que se monta sobre la señal del radar y que ataca directamente a la fuente emisora (la cabina).

Esto fue lo que le ocurrió al radar del Teniente Dacharí en los primeros días de mayo.

Cuando me enteré de que había muerto, pensé lo injusta que había sido mi primera impresión. Sobre todo porque Dacharí, que ciertamente conocía el riesgo de su actividad, no me lo mencionó.

Por eso mi homenaje para este soldado es mucho más profundo.

El "Turco" Seineldín

El Teniente Coronel Mohamed Alí Seineldín era una leyenda viviente en el Ejército.

De excepcionales cualidades de mando, gozaba de una armonía perfecta entre la adhesión voluntaria de sus subordinados y la exigencia enérgica en las tareas del servicio, ganándose naturalmente el corazón de los hombres y llevándolos a entregarse con el máximo de su potencialidad. Enseñaba con autoridad y corregía sin blanduras.

En todo se prodigaba con el ejemplo personal, a veces más allá de lo prudente. Aunque era consciente de su ascendiente y prestigio, era un subordinado respetuoso y disciplinado; sus virtudes personales y condiciones  profesionales no lo hacían altivo ni presuntuoso. Sabía escuchar y no rehuía la confrontación de ideas, pero una vez que tomaba una decisión, perseguía sus objetivos con una tenacidad infatigable, emanando seguridad y auto-confianza.

Tenía una gran fortaleza física y una impresionante capacidad para soportar situaciones adversas o difíciles y carencias en la comida y el abrigo. Era un conductor militar extremadamente eficaz y experimentado, celoso de los detalles y con marcada aptitud para atender problemas simultáneos.

Valiente y corajudo, esperaba el enfrentamiento con los ingleses casi ansiosamente, sin temor y con un optimismo contagioso.  

De inclaudicable buen humor, reía y hacía reír, infundía ánimo a su alrededor, aliviaba temores y tensiones y acuñaba frases ocurrentes que pasaban de boca en boca entre sus subordinados. Era confiado por naturaleza,  y tenía un cierto grado de ingenuidad del que algunos inescrupulosos se aprovechaban.

Si tuviera que elegir el rasgo principal de su personalidad, diría que era un hombre enormemente carismático. He conocido a muchos oficiales que imitaban sus gestos y su forma de hablar y de saludar.  

Era un ferviente devoto de la Virgen María y le dio el nombre de “Operación Virgen del Rosario” a la operación del 2 de abril. Rezaba el Rosario todas las noches antes de irse a dormir, y el Chuño y yo lo acompañábamos.

Fue un jefe paradigmático en la guerra, y no fue obra del azar que el regimiento que comandaba fuera elegido para encabezar la recuperación de las islas.

Su regimiento no tuvo el protagonismo de otros y, después de Malvinas, muchas veces escuché comentar que el 25 de infantería podría haber sido el salvador de la derrota si se lo hubiera empleado de otra manera. No es así; el final irreversible estaba anunciado desde que los ingleses hicieron pie en Darwin. Pero es comprensible que a jefes como Seineldín se les atribuya la capacidad de soluciones milagrosas.

Estoy seguro de que Sineldín tenía la convicción de que en el sector del Regimiento 25 se libraría la “madre de todas las batallas” de Malvinas, y que estaba decidido a combatir hasta la muerte. Lo que me inquietaba bastante, porque el Chuño y yo, que éramos sus auxiliares más directos, estábamos atados a su destino. 

Mis cadetes

El Teniente Marcos Antonio Fassio murió el 30 de abril de 1982, cerca de Caleta Olivia (Santa Cruz), cuando cayó al mar el helicóptero UH 1H EA 419 que tripulaba, en un vuelo de patrullaje de las costas marítimas.

El Teniente Juan Domingo Baldini murió el 11 de junio de 1982 en Monte Longdon cuando comandaba su fracción, la Primera Sección de la Compañía “B” del Regimiento de Infantería Mecanizado 7, en un contraataque nocturno. Recibió la condecoración post-mortem “La Nación Argentina al Valor en Combate”.

El Teniente Luis Carlos Martella murió el 12 de junio de 1982 en el monte Dos Hermanas, durante el repliegue del Regimiento 4 de Infantería, seis días antes del nacimiento de su segunda hija.

Hubo muchos otros muertos, oficiales, suboficiales y soldados. Pero a estos tres oficiales los conocía muy bien y les tenía particular cariño por haber sido su Oficial Instructor cuando eran cadetes en el Colegio Militar.

El caso del Teniente Martella era especial, por mi relación con su familia. Su padre, el General Luis Santiago Martella, había sido Director del Colegio Militar en 1980 y yo había sido su Ayudante. Por mi función, había tenido contacto frecuente con “Bicha”, su señora, y con sus otros hijos, Daniel y Silvia.

Estuve en el casamiento del Teniente Martella, que se casó en Córdoba con Marta Lucena, hija del General Lucena, que había sido también director del Colegio Militar en 1981, mientras yo todavía esta destinado en el Colegio. La fiesta fue en el casino de oficiales del Regimiento Aerotransportado 14, en el que paradójicamente hoy el Teniente Coronel Daniel Martella es Jefe de Regimiento.

Me contó Mónica que el 14 de junio de 1982, cuando terminaron las operaciones, Bicha Martella la llamó por teléfono para preguntarle que novedades tenía. Mónica le comentó que yo había hablado por radio para decirle que estaba bien y Bicha le preguntó si yo sabría algo del Teniente Martella.

“A mi hijo no lo encuentran”, le dijo.

A los cadetes del Colegio Militar uno les hablaba permanentemente del combate, de la guerra, del sacrificio, del coraje. Se trataba de infundir ideas y virtudes esenciales en los futuros oficiales que estaban destinados esencialmente al mando de tropas. Pero todo era muy ideal, muy “académico”, sin ninguna guerra a la vista y con una realización efectiva totalmente improbable.

Saber que algunos de esos cadetes han muerto siguiendo un ideal que uno contribyó a plasmarles (y que yo sobreviví a la guerra), me genera una especie de sentimiento de deuda, porque la relación oficial instructor – cadete crea un vínculo de paternidad profesional para toda la vida.  

Todos los días en Misa, desde hace 25 años, rezo por Fassio, Baldini y Martella.

El Regimiento 25 de Infantería

El Teniente Coronel Seineldín (“el Turco”, para todo el mundo) nos recibió en su Puesto de Comando, instalado en una pequeña casita que hasta la recuperación de las islas había funcionado como estación meteorológica.

En seguida nos distribuyó cargos: Sevillano y Olmos, Jefes de Equipos de Combate; Garay, Jefe de la Reserva del Regimiento; Pugliese, Xifra y yo a la Plana Mayor, como oficiales de Personal, de Inteligencia y de Operaciones respectivamente.

El Turco estaba contento de recibirnos. Su regimiento había llegado a Malvinas disminuido, porque el Segundo Jefe y algunos oficiales se habían quedado en Colonia Sarmiento (asiento del regimiento) para hacerse cargo de la tropa que no participó en las operaciones, de las instalaciones del regimiento y de las familias de los oficiales. De golpe le caímos cinco capitanes, y con nosotros llenó las vacantes que le faltaban y reorganizó los cargos de Plana Mayor y de comando de las subunidades.

 Me impactó que me designara como Oficial de Operaciones, porque no me sentía capacitado para la función, más apropiada para un Oficial de Estado Mayor diplomado que para un alumno de 1er año de la Escuela de Guerra. Pero ni se me ocurrió discutir la designación; Seineldín tenía una personalidad avasalladora, infundía inmediato respeto y destilaba gran seguridad en el mando. Y era bastante obstinado, de modo que no había mucho lugar para reclamos. Como el regimiento todavía no había desplegado en el terreno, los capitanes quedamos alojados en uno de los cuartos del Puesto de Comando, calentitos y durmiendo en nuestras bolsas-cama.

El Turco tenía un cuarto separado, desde el que se escuchaba todo el tiempo un “casette” con música de marchas militares alemanas.

La IXna Brigada esperaba la incorporación de tropas de los otros regimientos de la brigada y ya había planificado un despliegue tentativo. Como el Regimiento 25 había sido protagonista de la operación de recuperación, era regimiento estrella, y además Seineldín era el Jefe, de modo que prácticamente se le dejó elegir el lugar adonde desplegar. El Turco eligió la Península Freycinet, porque allí estaba el aeropuerto de Malvinas y él creía que lo primero que los ingleses iban a tratar de hacer era atacar por ese lado para tomar el aeropuerto. O sea que eligió el sector más peligroso y en el que pensaba que tendría lugar la primera acción decisiva. Yo pensaba que era puro romanticismo, porque nadie creía que los ingleses fueran a llegar nunca.

Sin mucho trabajo por hacer, dedicábamos bastante tiempo a escuchar y comentar las noticias de la radio: en Argentina había un clima de exitismo enorme; M. Thachter y  Galtieri intercambiaban bravuconadas, EEUU mediaba “imparcialmente” entre ambos beligerantes y la flota británica hacía preparativos para zarpar. Nos llegaron también informes de inteligencia que aseguraban que la distancia de Gran Bretaña a las Malvinas era insuperable.

En Malvinas todo era tranquilidad y optimismo. Solo era cuestión de dejar pasar los días para volver a casa con buenas anécdotas, algunas fotos, y la exclusividad de “haber estado”.

El primer día

En el sector militar del aeropuerto de Comodoro Rivadavia, tropas de diferentes unidades de la IXna Brigada de Infantería (la única brigada que al 11 de abril tiene efectivos en Malvinas) esperan su turno para embarcar. Nosotros hemos llegado temprano desde Colonia Sarmiento, con una compañía del Regimiento 25 de Infantería.

Los rostros reflejan ansiedad e incertidumbre, porque en la pista hay un solo avión, un  Fokker F28 de la Fuerza Aérea, y quienes conocen su capacidad saben que admite unas 60 plazas. Los que esperan son más de 300, y todos quieren subir. ¿A quién le tocará? No hay manifiesto de vuelo, pero un suboficial de Fuerza Aérea  empieza a llamar por fracciones. Algunos se sorprenden porque creen que el orden de llegada al aeropuerto les da prioridad de embarque; pero hay una lógica diferente, como al azar.

Primero embarcan fracciones del Comando de Brigada y después del Regimiento 25 de Infantería.

Los oficiales del Regimiento 25 subimos últimos la escalinata con el FAL en una mano  y el bolsón portaequipo en la otra. Nos tocan los asientos de adelante, y detrás nuestro  se cierra la puerta.

El Fokker despega y toma altura, sin saludos ni anuncios. No sabemos el tiempo de vuelo, pero es fácil de calcular. A la velocidad crucero del F 28 y una distancia que no debe superar los 1.500 Km, habrá unas dos horas de vuelo sobre el mar.

El tiempo es bueno y el vuelo tranquilo y miramos el mar por las ventanillas. Los suboficiales y los soldados viajan en silencio. No están seguros de lo que les espera en Malvinas, pero sienten que están por entrar en la historia. Debería de haber euforia, pero el sentimiento general es de emoción contenida. Los oficiales hablamos de algunas banalidades para matar el tiempo, pero lo que ocupa nuestra mente es que nos ha tocado la suerte de pisar suelo malvinense, que muchos van a envidiar.

Durante el vuelo se hace de noche, y en algún momento alguien de atrás dice que se ve tierra; nos asomamos a la inmensidad del mar, donde aparece una masa oscura con algunas luces: son las islas.

A medida que el avión pierde altura, se nos está por cumplir un sueño que nunca soñamos. Llevamos grabadas en la memoria próxima las masivas demostraciones de entusiasmo que despertó en los argentinos la recuperación de las islas, las imágenes de los ingleses que se rindieron, la operación militar casi perfecta, salvo por lo de Giachino que, de todos modos, engrandece la gesta.

Aterrizaje, carreteo y detención frente a las instalaciones del aeropuerto. No hay nadie esperando y nos quedamos un rato a la expectativa hasta que aparece un camión de Regimiento 25. Nos lleva hasta el Comando de Brigada, en Moody Brook, donde el Comandante de la Brigada, General Daher, en 30 segundos nos saluda y nos despide. Alegres y optimistas, nos vamos al Puesto Comando del Regimiento 25.

 No teníamos idea de lo que nos esperaba, ni de cómo finalmente se escribiría la historia.