La defensa es una operación táctica exasperante. Y en un territorio insular, doblemente exasperante.
Las tropas construyen sus posiciones, las mejoran, y las vuelven a mejorar. Se construyen posiciones suplementarias y alternativas, se reconocen y jalonan caminos de repliegue, se hace el reglaje de tiro de las armas. Se comprueban y se vuelven a comprobar las comunicaciones, se hacen los planes de fuego para los morteros y la artillería, se establecen los campos minados, en fin, todo lo que indica la doctrina.
Y se espera………., y se espera. Ni siquiera los bombardeos hacen tanto daño psicológico como la sensación de que el control está en manos del enemigo, que decide cuándo y por dónde atacar.
Los primeros días de operaciones tuvieron cierta actividad a causa de las “alertas”. Alerta gris para presencia de comandos en la playa, alerta verde para desembarco anfibio enemigo, alerta naranja para ataque helitransportado, alerta violeta para bombardeo naval, alerta roja para ataque aéreo, etc. Los ingleses tenían los medios electrónicos para simular todas estas alternativas, y los usaban especialmente de noche para desgastarnos anímica y físicamente. Nuestros operadores de radar no estaban habituados a reconocer la diferencia entre los “ecos” de radar falsos y los verdaderos, de modo que daban todos por verdaderos. Y las alertas se sucedían hasta tres y cuatro veces en una misma noche, hasta que los radaristas les tomaron la mano.
Si hubiéramos podido adivinar el futuro, hubiéramos pasado las noches en alerta y los días durmiendo, porque todos los ataques ingleses empezaron y terminaron de noche.
En la espera, la moral y el espíritu de las tropas se deterioran progresivamente. A pesar de la situación estática, todo se hace difícil: bañarse, buscar la comida, lavar la ropa, ir a cargar nafta, etc. El baño, en el sentido de “ir al baño”, con cientos de soldados en un espacio reducido, convierte las proximidades de las posiciones en un chiquero. Las condiciones meteorológicas hostiles hacen lo suyo; en un terreno como el de Malvinas, el calzado y las medias no se secan nunca.
Había una sensación constante de estar en desventaja, y a partir del día en que los ingleses desembarcaron en Darwin, se generó la convicción de el combate sería inevitable y que no terminaría bien para nosotros. Uno se pregunta insistentemente si, cuando llegue la hora de la prueba, estará a la altura de las circunstancias.
Los hechos demostraron que nuestras tropas cumplieron su misión, y lo hicieron muy bien. Pese a todo lo padecido durante tres meses de espera en dificilísimas condiciones, cuando llegaron los ingleses la defensa les hizo frente hasta el máximo de sus posibilidades. Salvo excepciones, que las hay en todas las guerras y también en la vida diaria, los que mandaban lo hicieron con dignidad y los soldados respondieron igual, a pesar de que la ofensiva final inglesa los encontró, al decir del Ñato Rico, “en el límite del comportamiento humano”.
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