lunes, 28 de marzo de 2011

El galpón de lana

Los prisioneros estuvimos en la península Freycinet dos o tres días. Una tarde se corrió la voz de que nos íbamos a Puerto Argentino, donde nos embarcarían para repatriarnos, y al atardecer empezó el movimiento.

Para pasar por el puesto de control inglés, se formó una fila india de miles de hombres que íbamos dejando el  armamento y todas nuestras pertenencias en diferentes pilas. La pila de los FAL era enorme; hay fotos de este momento, que para mí es una de las imágenes más dolorosas de la derrota.

Llegamos a Puerto Argentino ya de noche y el Regimiento 25 quedó esperando frente a un muelle de unos diez metros de largo, detrás del cual había una planchada para subir a un buque. En el acceso al muelle había un mayor inglés que iba llamando a los prisioneros de a uno. A algunos, la mayoría, los mandaba a seguir por el muelle a la planchada, y de ahí a embarcar. A otros les indicaba que siguieran para la derecha, hacia la incertidumbre.

Delante mío pasó el capitán Lamas, que había sido el Oficial Logístico del regimiento. El mayor inglés le hizo un par de preguntas y de ahí lo mandó al buque. Después me tocó a mí. El mayor, (“Pinder” decía en una tira de identificación en su chaquetilla) me preguntó qué cargo tenía en el regimiento y me mandó para la derecha. Tengo grabada en mi memoria la mirada de angustia de Lamas desde el muelle, al darse cuenta de él se iba y yo me quedaba. Después le tocó al Turco y al Chuño, y los dos también fueron para la derecha.

Nos llevaron hasta un galpón que era un depósito de lana, adonde ya había otros prisioneros de otras unidades, unos quince, entre oficiales, suboficiales y soldados.

Si no fue esa misma noche, fue a la mañana siguiente, pero me acuerdo que el Turco en seguida organizó la cosa. Era el más antiguo de los presentes y no dudó en constituirse en jefe, organizó una plana mayor de prisioneros y asignó misiones para cada uno.

Al mediodía empezaron a llegar los oficiales ingleses que habían enfrentado a nuestras tropas en el combate; profesionales, si los hay, querían hablar con los jefes de las fracciones que les había tocado enfrentar. Como yo sabía inglés, oficié de traductor. Los ingleses se sentaban en el suelo con nuestros oficiales y les hacían preguntas como estas: ¿por qué dejó de tirar la ametralladora que estaba en la altura tal?; ¿por qué esperaron hasta tal hora para lanzar el contraataque?; ¿hasta donde se extendía el campo minado que estaba en tal lugar?; ¿cómo se dieron cuenta de que tal fracción los estaba envolviendo? Todo en un tono de consulta y de intercambio de experiencias, como si tuvieran que empezar otra guerra al día siguiente.

Había un mayor argentino, un gordo, jefe de una compañía independiente (me reservo el apellido), que desde el primer momento empezó a lamentarse de palpitaciones y dolor de pecho. Me  hacía llamar a los ingleses que nos custodiaban para que les explicara  sus dolencias. A la tercera o cuarta vez, los ingleses no lo quisieron escuchar más y se lo llevaron para repatriarlo. En el galpón quedaron suboficiales y soldados de esa compañía, viendo como su jefe los abandonaba.

La lana estaba apilada en fardos que hacían de colchón y allí dormí, después de tres meses, calentito y mullido.  

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