Cuando terminaron las operaciones, los ingleses embarcaron inmediatamente a muchos de nuestros soldados, para repatriarlos a Argentina. Siempre prácticos, supongo que les convenía mantener la menor cantidad de prisioneros posible. Pero muchos otros fueron dejados para posteriores repatriaciones.
Excepto el Estado Mayor del Componente Terrestre, el resto de los prisioneros fue confinado en la Península Freycinet , donde había estado la posición del Regimiento 25. Rodeada por mar, y con un istmo muy reducido para conectarse con el resto de la isla, era un lugar de confinamiento muy fácil de controlar. De hecho, el control de miles de prisioneros lo hacía desde el acceso al istmo una fracción reducida al mando de un capitán inglés.
La primera noche, el capitán inglés preguntó por el Coronel Sineldín, lo saludó con mucho respeto y le informó que lo ponía al mando de los prisioneros, y que mientras se mantuviese el orden y la disciplina, no habría problemas. Me sorprendió que a los oficiales argentinos se les permitiese mantener las armas cortas (pistolas), aunque desde un punto de vista práctico era una medida inteligente porque permitía mantener la disciplina entre los prisioneros.
Al día siguiente comenzaron las “avivadas” argentinas. Un helicóptero Super Puma argentino, tripulado por el capitán Ezequiel Luzuriaga, con insignias de helicóptero sanitario (cruz roja sobre fondo blanco), empezó a hacer vuelos evacuando heridos desde la península Freycinet al buque Bahía Paraíso, que estaba anclado a la vista y que era buque hospital. Los heridos eran pocos y el Super Puma, sin asientos y sin camillas, tiene capacidad para 25 pasajeros. De modo que a partir del tercer o cuarto vuelo, los que se “avivaron”, sin tener ninguna herida, embarcaron y se fueron. Yo los miraba con envidia, pero ni se me ocurrió anotarme. Además los ingleses no tardaron en darse cuenta y no lo dejaron aterrizar más.
Nosotros habíamos abandonado lo que había sido nuestro “hogar” por 60 días, instalándonos en un contenedor que, comparado con el pozo, era una suite de cinco estrellas.
Al atardecer, el Turco me dice: ¿por qué no va y lo invita a cenar al capitán inglés? Así lo hice y el capitán aceptó. No me acuerdo qué hizo preparar el Chuño para la ocasión.
Lo que sí me acuerdo es que el capitán inglés contó que durante el ataque final a Puerto Argentino, él se desempeñaba como observador adelantado de fuego naval. Desde una de las alturas circundantes vio como, desde nuestra posición, se disparaba un misil Exocet hacia el buque para el cual él dirigía el fuego. Si bien alcanzó a alertar sobre el misil, el buque no consiguió maniobrar a tiempo y el Exocet lo impactó de lleno. Todavía tenía muy viva la impresión que le había causado la explosión. Creo que contó que el buque se llamaba “Glamorgan”. También comentó que le parecía increíble que Gran Bretaña hubiera combatido tanto por unas islas tan insignificantes.
Como en un partido de fútbol muy disputado en el que, una vez terminado, los jugadores se saludan y se felicitan, me quedó la sensación de que para muchos combatientes ingleses, una vez finalizadas las operaciones, no tenía sentido mantener la rivalidad.
¿Para qué estar enojados, si el resultado es irreversible y la vida sigue?
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