lunes, 28 de marzo de 2011

Comiendo en la guerra

En nuestro regimiento nunca faltó la comida, ni tenía por qué faltar. Se cocinaba en cocinas de campaña en Puerto Argentino y, como nuestra posición era accesible, el rancho nunca se interrumpió. Pero por la tensión de la espera, las rigurosas condiciones meteorológicas y quién sabe qué otras razones, había soldados que comían poco y mal y que habían perdido mucho peso.

En cuanto le llegó la novedad al Turco, ordenó que todos los soldados flacos fueran enviados al Puesto Comando del Regimiento, donde él supervisaba personalmente que comieran en abundancia. Así, todos los días, al mediodía y a la noche, teníamos unos quince soldados comiendo sentados en semicírculo. Como estaban bajo la mirada del Turco, se comían hasta la cáscara de naranja. Esto duró hasta que empezaron las operaciones.

En el caso del Puesto de Comando, teníamos el problema resuelto con el “Chuño” Pugliese. Se despertaba programando el almuerzo y se acostaba programando el desayuno. Teníamos el apoyo del Comodoro Destri, que era el jefe del aeropuerto, a quien el Turco le respondía con una subordinación admirable, y que nos pasaba parte de los víveres de los que la Fuerza Aérea disponía en el aeropuerto. Todos los días el “Chuño” bajaba hasta el aeropuerto como quien sale a hacer los mandados y volvía con su carga de víveres. Había un par de soldados (¡cómo me gustaría acordarme de sus nombres!) que hacían un fueguito y cocinaban lo que el Chuño les indicaba. Cuando empezaron las operaciones o cuando llovía, y el Chuño no podía bajar al aeropuerto, comíamos la comida del rancho, que no estaba nada mal.

Cuando el Chuño le preguntaba al Turco qué quería comer ese día, el Turco le decía “una sopita, nada más”. Después se comía todo lo que le ponían adelante. “Una sopita nada más” quedó como una frase emblemática que le repetíamos al Turco todos los días para hacerlo reír.

Además Alberto Xifra, por el lado de su mujer, era pariente de los Fenoglio, los de los chocolates de Bariloche, que se las arreglaron para hacerle llegar una tonelada de chocolates, una parte de los cuales vino a parar a nuestro Puesto de Comando. Teníamos las cajas de chocolate almacenadas en el pozo, comíamos algo, y algo se comían todas las noches unas ratas amigas.

Cuando terminó la guerra, entre las muchas acusaciones que se hicieron al Ejército, una era que a los soldados no les llegaba la comida y que se morían de hambre. No pasaba eso en el Regimiento 25, y dudo mucho que pasara en otros regimientos. Los oficiales y suboficiales del Ejército Argentino tenemos bien metida en nuestra formación el asegurar que la tropa está bien alimentada. Una de las funciones principales de los servicios en tiempo de paz es controlar “el comedor”, o sea la calidad y cantidad de la comida que se sirve a los soldados. Con más razón en operaciones. Yo nunca vi soldados mal alimentados, ni siquiera después de cuatro meses de guerra, cuando estábamos prisioneros.

Yo perdí bastante peso, como así también los otros oficiales del regimiento. El Turco, mucho más. Pero fue por la tensión y el agotamiento. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario